Hoy les quiero contar en forma de relato una de mis vivencias más importantes, mi última mudanza.
Hoy he regresado para terminar de guardar las últimas cosas. Hay cajas cerradas cerca de la puerta de entrada. Las ventanas desnudas de cortinas muestran sus vidrios empañados por el frío.
Un pájaro retrasado pasa rozando el techo, rompiendo el silencio con su aletear presuroso.
Las paredes están recién pintadas. Ya no cuelgan de ellas las réplicas del jardín de Monnet y la tejedora anónima.
De pronto me siento cansada y me reclino en mi viejo sillón favorito que en unas horas estará ocupando un lugar en una casa amiga. Siento el peso de los años, es como si estas paredes que nos cobijaron tanto tiempo, de pronto se apoyaran en mi espalda.
Mirando hacia afuera veo el patio desolado, con su césped reseco. No hay flores en los canteros, la reja ha empezado a oxidarse, pese a la pintura reciente.
Los muebles fijos de la cocina parecen mirarme asombrados desde arriba y abajo de la mesada de mármol. Cuantas veces me acompañaron mientras ordenaba sus interiores o preparaba la comida familiar.
Familia. Que palabra cortita y que llena de un contenido esencial que guarda afectos y vivencias. La familia que habitó esta casa ya no está. Solamente he quedado yo para terminar de ordenarla y dejar vacías estas habitaciones, para que otra gente las ocupe. Para que otros pies caminen por sus suelos de cerámica roja. Para que otras manos ordenen objetos ajenos a mí. Otros ojos mirarán por la ventana esperando el regreso de alguien. Otros oídos escucharán el canto de la lluvia en el tejado.
Me invade la sensación de estar guardando los efectos personales de alguien que ha muerto. Cada cosa que toco me trae un recuerdo, una comparación, una sonrisa, una lágrima.
Aquí pasé la mitad de mi vida, luchando por cada uno de los ladrillos que componen este enorme nido hoy vacío. Poniendo en cada rincón un poquito de mí para demostrar mi afecto, para darle calor de hogar.
El único pichón de este nido partió a probar sus alas en otros cielos, lejanos y tal vez promisorios. El ave paterna también se fue, pero antes, a recorrer el espacio infinito con sus alerones bajos y tristes. Solamente yo, he quedado aquí con esta enorme soledad que empieza a habitar la casa vacía.
Ya se han llevado las cajas y los pocos muebles, ahora sí, no queda nada más que el silencio. Con manos temblorosas de nostalgia acaricio las paredes, como despidiéndome. Y salgo. Cierro la puerta con una llave que ya no será mía.
Un cielo gris anunciando nieve me recibe en la vereda, el viento de siempre me despeina una vez más. Doy la espalda a la casa, me voy. He cerrado para siempre una parte de mi vida. Tengo otra etapa por delante y voy a su encuentro…
Esta es una nueva anécdota que escribí para guardar todos los detalles, antes de que se me olviden...
Hasta la próxima.